Las grandes ciudades americanas tienen una forma peculiar de hacer política. No siempre hablan a través de las urnas, de los partidos o de los discursos oficiales. Muchas veces hablan a través de las multitudes.
La reciente celebración multitudinaria de un título deportivo en Nueva York mostró algo más que alegría por una victoria. Miles de personas ocuparon las calles para expresar una identidad urbana compartida. En una ciudad atravesada por la inmigración, la diversidad religiosa y la convivencia de múltiples culturas, la multitud no fue solamente una fiesta: fue una demostración de pertenencia. Cuando en esos mismos espacios aparecen silbidos o rechazos a Donald Trump, lo que emerge es una cultura política específica, la de una metrópolis que históricamente se ha inclinado hacia posiciones liberales y progresistas, incluso cuando el resto del país avanza en otra dirección.
Las ciudades poseen una memoria propia. Nueva York no es solamente un territorio administrativo dentro de Estados Unidos; es una comunidad simbólica que se reconoce en ciertos valores, en determinados rituales y en una manera particular de entender la convivencia. Las aglomeraciones populares funcionan como una puesta en escena de esa identidad.
Algo semejante ocurre en Argentina con las llamadas «misas ricoteras». Desde hace décadas, la figura de Indio Solari trasciende la música. Sus recitales y las concentraciones espontáneas de sus seguidores han constituido una experiencia colectiva que mezcla cultura popular, sentimiento de pertenencia e incluso elementos de identidad política. No se trata simplemente de admiración artística. Para muchos sectores, el universo ricotero representa una forma de resistencia cultural frente a las élites, una comunidad imaginada construida desde abajo.
Por eso las disputas en torno a estos encuentros suelen adquirir una dimensión política. Cuando una multitud siente que se le impide celebrar, despedir, recordar o reunirse alrededor de aquello que considera sagrado, la reacción excede el hecho puntual. Lo que está en juego es el derecho a ocupar el espacio público y a expresar una identidad colectiva.
Desde Nueva York hasta Buenos Aires, las grandes concentraciones populares cumplen una función similar. Son momentos en los que una ciudad se mira al espejo. Allí aparecen sus afectos, sus lealtades, sus héroes y también sus adversarios. El deporte, la música o la política pueden ser apenas el pretexto. Lo importante es que, por unas horas, miles de personas dejan de ser individuos aislados y se convierten en un sujeto colectivo.
Las democracias modernas suelen analizarse a través de estadísticas electorales, encuestas o indicadores económicos. Sin embargo, para comprender el alma de una ciudad conviene observar también sus multitudes. Porque cuando una masa ocupa las calles para festejar, protestar o rendir homenaje a sus ídolos, está diciendo algo sobre sí misma. Y a veces esas voces colectivas revelan más sobre una sociedad que cualquier resultado electoral.
Miguel Echeverría Madrid (Santiago, Chile, 1989). Editor Revista Montaje.
