UN APLAUSO LLAMADO SOBRIO
Tenía que verla. Razones académicas, digámoslo así. Razones literarias. Y más encima ya me había perdido, dos veces, (me estoy desahogando una vez más) el montaje de Un Tranvía Llamado Deseo dirigido por Alfredo Castro con emblemáticos actores como Amparo Noguera y Alfredo Alonso, por allá por el 2014 y luego, más encima, el 2020. Esta no me la podía perder, además como digo, cierta coyuntura académica obligaba, y ofrecía oportunas razones para, esta vez sí, ir.
Le propuse a un amigo ir a verla, un amigo motivado, que ama el teatro; quizás más que yo. Mi relación con el teatro es para usar un cliché, de amor y odio, cosa que me recuerda a Artaud, guardando las proporciones. Anyway, fuimos. Teatro Municipal de Las Condes. Creo que logramos entender el valor de la entrada al mirar el teatro alrededor. Yo no me acordaba del teatro. Lo último que había visto ahí era una obra argentina en el Teatro a Mil hace unos dos años. El teatro es fabuloso. Parece un teatro de otros tiempos. El tipo de teatro donde María Fernanda podría encontrarse con sus amigas de Las Lavándulas.
Un Tranvía Llamado Deseo es un clásico del teatro universal, escrito por Tennessee Williams alrededor de 1947. Es, de acuerdo al gran actor Peter O´Toole, una de las piezas más difíciles del idioma inglés. Este montaje no era en inglés por supuesto, pero nos encontramos en presencia de un texto con una altísima carga literaria y poética que presenta grandes desafíos para los actores que han de proferir esos textos.
En dos líneas se puede decir que Un Tranvía es la historia de una desesperada Blanche Dubois y como su feroz cuñado la lleva más allá de los límites, en medio de pasiones, rabia y solitarios personajes. El texto está situado en Nueva Orleans y este montaje nos invita a situarnos en esos aires. La función comienza con la banda de jazz que nos acomoda a toda síncopa en esa city. La entrada en escena de Blanche (que da el puntapié inicial del montaje, tras editar, o hacer desaparecer un par de páginas del texto), papel interpretado por Paola Giannini, resultó ser a mi entender, una entrada desprovista de cualquier circunstancia dada, para usar un término Stanislavskiano. Toda la neurastenia y el pathos de este personaje de alto octanaje no lograron asomarse en escena en esa partida, y tampoco logran cuajar del todo a través de la puesta en escena. Giannini es una actriz de cierta trayectoria, estuvo en teleseries, se fue a Europa, y fue también parte de la compañía de Aline Kuppenheim donde hicieron grandes montajes con textos de Gogol y Benedetti entre otros, con un estupendo trabajo en torno a muñecos. Aquí, la actriz realiza a mi parecer un trabajo relativamente presentable, pero un tanto menesteroso. Como todos los actores, a decir verdad.
Se me hacía difícil no recordar la película de Elia Kazan de 1951 con Marlon Brando y Vivian Leigh. El papel de Stanley Kowalski es aquí ejecutado por Gabriel Urzúa. El personaje es brutal y primitivo, y en la película el personaje huele a peligro (exhibe «un gozo animal» dice una de las descripciones de la dramaturgia original), uno no sabe en qué momento puede dejar la tendalada; aquí la performance de Urzúa ofrece varios aciertos, pero en general carece de espesor y tonelaje. En general las actuaciones resultan un tanto ansiosas, inciertas, algo tímidas y faltas de cocción; se diría que faltaron unas cuantas semanas de ensayo más. Se percibe una cierta tendencia a que de un momento de oro explotan en intensidades un tanto estridentes y faltas de calibración. Dayana Amigo, conocida por todos menos por mí en su rol de Casado con Hijos, también se enmarca de esta misma evaluación: una actuación presentable, pero que no logra estar a la altura de un clásico como éste en el personaje de la esposa de Kowalski. Lo mismo se podría decir del personaje del amigo de Stanley (Mitch, interpretación entrañable en la película por parte de Karl Malden que le valió un premio de la Academia); en este caso, si bien presenta algunos momentos más o menos logrados, en general es una actuación a medio camino. Cabe mencionar que Leigh (en teatros de Inglaterra) Brando y Malden (en América), encarnaron esos personajes en el teatro a long time. Arthur Miller decía que esa producción de Broadway «se transformó en la obra». Tal era el peso de esas actuaciones, y mucho de eso llegó a la pantalla.
En la escuela de teatro, un genial profesor decía —off the record— que el problema siempre son las actuaciones. La aseveración es feroz y no está exenta de una cierta sorna y un sentido del humor muy condimentado. Habiendo sido actor yo mismo, y siendo el primero en reconocer los desafíos y rigores del oficio, no les puedo decir la cantidad de veces que me he acordado de ese axioma al salir de una sala de teatro. En Chile tenemos estupendos actores, yo suscribo esa opinión; pero esta vez, creo que falta trabajo. Falta cocción. Y algunas cosas en esta obra y en particular frente a este texto portentoso, requieren fuego lento. Tal vez, solo tal vez, acá había tiempos y compromisos que cumplir que apuraron las cosas y el estreno. Valga decir que es la primera temporada de este montaje, y yo fui a la penúltima función. A la undécima de 12 funciones, a razón de 3 funciones por semana, durante el mes de abril de este 2026.
El trabajo de luces cumple, creo. Es efectivo, sobrio, y hace lo que tiene que hacer. Ni más ni menos. Funcional y efectivo. El vestuario es de muy buen nivel. Sin duda, llama la atención en el video promocional que circula en YouTube, aunque el tono del teaser resulta algo convencional y azucarado.
La banda de jazz es bastante buena, fíjense. Se hacen sentir, y de que suenan, suenan. Es motivante escucharlos. Dan un tono y a uno lo sitúan en New Orleans con este ritmo crazy de décadas pretéritas. Para qué decir que a uno se le mueven la cabeza y los piececitos solitos frente a esa música con todo el swing. Reconocí en el repertorio «So What» de Miles Davis, tema que además de interpretar la banda, aparece al final (envasada del disco) cuando los actores van a recibir los aplausos. Es curioso observar, sí, que ese tema es del disco Kind of Blue de 1959, varios años después de la génesis de la obra. No digo que sea malo, solo digo que es curioso.
Los aplausos resultaron bastante decidores, creo yo. Menciono esto porque me hace pensar que no estoy tan solo en mi apreciación de la obra. Ninguna ovación desbordada, ni todo el público de pie. Uno que otro se levantó de su asiento, por supuesto. Unos ocho. Unos seis por otro lado hicieron abandono en medio de la obra. Aplausos sobrios, de volumen moderado, de intensidad media. Y los actores tampoco parecían particularmente emocionados
Habría que ver cómo evoluciona en una segunda temporada. Buenas actuaciones y buenos trabajos requieren tiempo y maceración, y a veces la necesidad de pagar las cuentas apuran las cosas, y los resultados artísticos no son los mejores. Con cierto dolor debo suscribir esta vez las palabras de aquel profesor. Este texto es de lo mejor de nuestra cultura. La banda sonó, sonó y sonó. El vestuario luce bien. Las luces funcionan. La performance actoral, adolece. Al terminar la función, una espectadora comentaba que Urzúa había sido lo mejor. Quizás. Pero eso no mejora mucho las cosas; el nivel general es más o menos uniforme, y uno esperaría más, considerando el texto, el elenco, y, el valor de la transferencia.
No sé si la recomendaría. Quizás tendrían que ir a verla. Nunca olvidaré que en un examen de actuación teníamos que presentar una obra completa, como de costumbre, y anegados bajo las advertencias del profesor no encontrábamos el tono de la obra, hasta el día del examen mismo, en frente de público, para feliz sorpresa de todos. Podría sucederles a ellos en la segunda temporada. Tendrían que verla.
Ficha técnica
Título: Un tranvía llamado deseo
Dirección: Andreina Olivari
Dirección Musical: Camilo Salinas
Adaptación: Pablo Manzi
Diseño Escenografía: Daniela Fresard
Diseño Vestuario: Natalia Rodríguez
Diseño de Iluminación, Visuales y Sonoro: Alex Wargon
Sonidista: Ricardo Inzunza
Jefa Técnica: Francisca Inda
Producción: Matías Morales
Elenco: Paola Giannini, Gabriel Urzúa, Dayana Amigo, Carlos Donoso, Guilherme Sepúlveda, Katalina Sánchez
Bernardo Martínez Vecchiola nació un día martes del siglo anterior, tiene una cantidad de años increíble y son demasiados para confesar de buenas a primeras, no obstante, la foto adjunta arrojará algunas luces al respecto. Cursó estudios formales de una disciplina artística, ejerce otra rama del arte en forma vocacional y cultiva otra actividad artística de manera diletante. Su profesión, su licenciatura y su magíster no ameritan ser pormenorizados en este esbozo biográfico, aunque baste decir que está todo muy bien, muchas gracias. Del arte, valga decir, no vive, sino que vive por fe y la docencia. Ha participado de talleres de poesía dictados por vates a cuyos nombres no corresponde atribuir culpa en estas líneas y también ha disfrutado de talleres de prosa con escritoras a quienes tampoco toca atribuir responsabilidad alguna de estos párrafos.
